jueves, 22 de enero de 2009

UNA CONSULTA AL ORÁCULO IX (Relato por entregas de Antonio Pavón)

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Miro la fachada sin ventanas a la calle, el umbral de granito con una inscripción ilegible, la puerta sin color definido.

Es aquí donde tengo que entrar. Para animarme me digo que vengo buscando una respuesta. ¿No es eso lo que anhelamos todos?
A pesar de que las tengo húmedas, las manos no me tiemblan cuando introduzco la pesada llave, que está fría, en la cerradura y doy dos vueltas
Entro y busco a tientas el interruptor. Al palpar, noto el polvo y los caliches que se desprenden con el roce.

Por fin, encuentro el pulsador, que es redondo, de porcelana, con una manecilla de madera.

La luz ilumina unos muros gruesos, con abultamientos y desconchones, y el techo de vigas de madera y una tablazón llena de agujeros.

Nada es recto: ni las paredes ni los maderos ni siquiera la solería, que está desnivelada.


Enciendo la segunda bombilla, que arroja una luz tan pobre como la primera, y paso a la segunda habitación, más espaciosa que la primera.

Me detengo en el vano y examino la tercera estancia, la mayor de todas, con una puerta que debe de dar a un patio. Aquí no hay lámpara.

Me quedo mirando a la izquierda, a un cuarto sumido en la oscuridad, al cual me dirijo y a cuya entrada vuelvo a pararme.

Espero a que mi vista se acostumbre y empiezo a distinguir algunos detalles.

El piso es de tierra batida. Parece un cuarto grande, sin aberturas al exterior. No tiene mobiliario, como el resto de la casa, pero sí varias piedras de buen tamaño incrustadas en el suelo.

La parte superior de las mismas es plana, por lo que dan la impresión de que sirven de asiento. Forman un círculo. Mientras más las observo, más convencido estoy de que nadie las ha colocado ahí.
(Continuará)