sábado, 22 de noviembre de 2008

El novillero Reyes Ortega, apoderado por Curro Cruz y Félix Fernández

El novillero sevillano Manolo Reyes Ortega, de Gerena, estrenará nuevos apoderados para la temporada 2009. El joven sevillano ha alcanzado un acuerdo con los taurinos Curro Cruz y Félix Fernández para que se conviertan en sus nuevos representantes en la próxima temporada, según han confirmado a Sevilla Taurina. El sevillano, que hasta ahora se había anunciado en los carteles como Manolo Reyes, se anunciará usando sus dos apellidos: Reyes Ortega.
Reyes Ortega, de familia campera y taurina, ha toreado tres temporadas sin picadores. En esta etapa de aprendizaje ha pertenecido a las Escuelas de Tauromaquia de Guillena (Sevilla) y Sevilla, ya que Gerena no dispone de centro docente taurino. De la mano de sus nuevos apoderados dará el salto al escalafón de novillero con picadores en 2009.
Félix Fernández, que en las últimas temporadas ha apoderado a diversos toreros sevillanos, como los diestros Fernández Pineda y Luis de Pauloba, o el novillero Fernando del Toro, se ocupará de la gestión administrativa del torero y búsqueda de contratos, mientras que Curro Cruz será quien prepare en el campo y en los entrenamientos al joven sevillano

El día que me falto un cuento - Parte 1

El día que me falto un cuento - Parte 2

El día que me falto un cuento - Parte 3

Desiderata

"Desiderata"(cosas que se desean), fue escrito en 1927 por Max Ehrmann (1872-1945), abogado y filosofo de Harvard y publicado en 1948, despues de su muerte, por su viuda, en el libro "Los poemas de Max Ehrman".
(En 1956, el reverendo Kates, pastor de la iglesia de San Pablo en Baltimore (Maryland), incluyó el texto en una coleccion de poemas de su congregacion. Alguien cambio la fecha del poema unos 200 años al decir erroneamente que el poema se encontro en una inscripcion fechada en 1692 grabada en una tumba de la antigua Iglesia de San Pablo de Baltimore. El año 1692 es cuando se fundo la iglesia y no tiene nada que ver con la fecha de creacion del poema).

jueves, 20 de noviembre de 2008

lunes, 17 de noviembre de 2008

viernes, 14 de noviembre de 2008

UNA CONSULTA AL ORÁCULO VI (relato por entregas de Antonio Pavón)


6
Me levanté para correr la cortina y encender la lámpara de la mesita supletoria, pero Laura me pidió que no hiciera ninguna de las dos cosas. Quería seguir disfrutando de la luz crepuscular hasta su total extinción.

Vivo en una cuarta planta, desde donde se divisa un implacable paisaje urbano. Por esa razón, suelo tener echadas las cortinas incluso de día.

Cuando se esfumó el último rastro de claridad, Laura sacó de su bolso de terciopelo negro un paquete alargado envuelto en un paño blanco, que abrió con delicadeza, dejando al descubierto una baraja.

Luego me dijo que le gustaría echarme las cartas. Si yo no tenía inconveniente, claro.

Al principio pensé que estaba bromeando. Pero Laura tenía poco desarrollado el sentido del humor. De todas formas, esta propuesta no me sorprendió demasiado.

Ella no apartaba sus ojos grises de mí y yo no podía apartar de mi mente la sonrisa burlona de Aurelio. Desde luego, no tenía por qué enterarse de este episodio.

─No tengo interés en saber nada. Estoy contento con mi vida. Dudo, además, que las cartas puedan desvelar el futuro. Y si así fuera, no estoy seguro de querer conocerlo de antemano.

─¿No tendrás miedo?

─¿Por qué iba a tenerlo?

─Sólo pregunto. Se trata de una simple tirada de cartas, de la que a lo mejor sale algo importante para ti.

─¿Algo importante?

─Sí, alguna indicación o sugerencia que puedes tener en cuenta o ignorar olímpicamente
.

(Continuará)

jueves, 13 de noviembre de 2008

Final de

El 5 de Agosto de 1939, en las tapias del Cementerio del Este de Madrid, fueron fusilados 43 hombres y 13 mujeres, casi todas ellas menores de edad, a las que se recuerdan como "LAS 13 ROSAS". Los documentos y cartas citados en la película están históricamente contrastados.

GERENA RECUERDA (Jornadas sobre Memoria Histórica)




Memoria del molino

ANTONIO GARCÍA BARBEITO
Jueves, 13-11-08

Noviembre se amarraba el trece a la cintura con vencejo de frío adornado de escarcha. Por la cuesta empinada que subía al molino se imaginaba el viento por la calle del Aire, un viento que tenía cuerpo, y voz, invisibles guadañas afiladas en todas las esquinas. En el patio de chinas de la hacienda, el solano adelgazaba el cuerpo de las firmes palmeras y se abría miedosa la luz de la mañana. Quemaba el fuego helado del agua del pilón. Los capachos de esparto que habían llegado nuevos, verdes aún los hilos —agujas vegetales—, encogían el ojo al entrar en el agua. Dos muchachos apenas, dos muchachos ya hechos al campo y la intemperie, sumergían sus manos en aquellos pilones y sacaban del agua sus brazos mutilados: no sentían las manos que, ahogadas, presionaban el esparto que habría de ser su nueva patria.
Fueron llegando hombres con las manos escritas de callos y alpechines, de olivares desnudos; hombres que eran por dentro un callado lamento, un cruel almanaque de jornales sin hora. En un rincón del patio de chinas, esperando prieto turno de tolva, de sinfín y granito, zorzaleñas moradas se apretaban sangrantes. Y el maestro que daba la voz en los motores y arreaba poleas y mandaba en las piedras, el maestro que andaba coordinando sonidos —ruidos de tormenta— en la umbría almazara, animaba con palmas a los hombres, y entonces, moradas nazarenas, aceitunas en grupo, caían al alfarje sin grito ni agonía. Los bueyes de Gerena uncidos y obedientes, sin salirse del circo, sin levantar la cara, giraban sin desmayo, pastueños y trotones, y seguían girando sin saber que empezaba a formarse el milagro total del sacrificio.
Dentro de aquel ruido que acababa teniendo un orden musical de raro Apocalipsis; en aquel laberinto de máquinas, poleas, hidráulicos pistones, voces de molineros, sin que nadie le oyera ni el llanto ni la risa, el aceite nacía como lluvia en las prensas. Y nacía con sangre de alpechín en su sangre, y con agua y con restos de hueso y de pellejo. Y se perdía niño por los caños oscuros hasta llorar, qué verde, cuando se desnudaba en el chorro perfecto de su canto sin nadie…
Fue un trece de noviembre, un día como hoy. Lo recuerdo en un alba que tiene los cristales del frío igual de rotos en el aire que miro. Y el frío se me viene a las manos de entonces al ver pasar —qué frío— a los hombres que buscan olivares helados y aceitunas maduras. Está helada la tierra y helada está la rama, y las manos heladas habrán de hacerse acero para bregar sin pausa con el campo penoso que exige hacerse campo a quien busca su carne. Todo el viejo molino se me viene al recuerdo, todo el frío de entonces, todas las aceitunas, las piedras, las poleas, la prensa, los capachos... Y mi padre y mi hermano faenando conmigo. Y al final, en las manos, como entonces, me queda, bendita y alabada, la sangre del aceite…

Pastora Soler-Amiga mia

lunes, 3 de noviembre de 2008

UNA CONSULTA AL ORÁCULO V (relato por entregas de Antonio Pavón)

5

Laura tenía un hermano pequeño, llamado Ramiro, al que se sentía muy unida.

Mirándome fijamente a los ojos, me contó que una vez se perdieron en el monte y pasaron la noche solos.

Los encontraron al día siguiente, la mar de tranquilos.

Con una sonrisa forzada, siguió contándome que su padre se enfadó tanto que la cogió por los pelos y la zamarreó al tiempo que la acusaba de haber puesto en peligro la vida de su hermano.

Al referirme esa parte de la historia, se pasó la mano por su sedosa melena.

Yo también sentí deseos de acariciar sus cabellos que eran tan agradables al tacto como cabía esperar.

Esta vez, la sonrisa de Laura fue de complacencia.


Esa tarde proseguimos nuestro paseo cruzando el puente de Triana y enfilando la calle San Jacinto, en dirección a la barriada de Los Ángeles, que es donde vivo.

Casi todo el camino fuimos en silencio, como dos turistas absortos en la contemplación de la ciudad.

Laura iba muy erguida, con su bolso de terciopelo negro con espejuelos colgándole del hombro.

Por suerte, recuperamos el habla cuando llegamos a mi piso.

Como no tenía refrescos ni zumos, ni siquiera alguna infusión, y ella no tomaba bebidas alcohólicas, sólo pude ofrecerle un vaso de agua.

Se sentó en el borde del sillón, con las manos entrecruzadas sobre las rodillas juntas. Le comenté, por decir algo, que parecía una deidad nórdica. Una valquiria, por ejemplo.


(Continuará)