domingo, 5 de abril de 2009

UNA CONSULTA AL ORÁCULO XI (Relato por entregas de Antonio Pavón)


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Del fondo de la tierra surgía una blancura cegadora. El cuarto adquirió el aspecto de un escenario en el que se concentrase la luz de numerosos y potentes focos.

Pero en esta función había un único espectador. Me repetí que esto era lo que había venido a buscar.

El oráculo no se manifestaba siempre. Y a veces jugaba malas pasadas. Sin embargo, en mi caso parecía dispuesto a darme una respuesta.

Esa luz resplandeciente era un buen augurio. Sabía que la boca podía expulsar vapores fétidos y fulgores rojizos, acompañados de un progresivo aumento de la temperatura.

La luminosidad que emergía del pozo, se eclipsó en parte, como si un objeto se interpusiera.

Lenta y majestuosa, ascendió una cabeza que se detuvo a la altura de la mía.

La luz, que incidía desde abajo, le arrancaba destellos de esmeralda.

Sentí como si un torrente de agua brotase dentro de mí con tal ímpetu que temí morir ahogado.

Por fortuna, no me faltó el aire. En cambio, me sobrevino un insólito grado de lucidez.

La cabeza, verdemar y traslúcida, seguía mostrándose a mis ojos, a la espera de que descubriese su secreto.

Mientras la contemplaba, repenticé estos versos:

Del país de los muertos,
desde lo más profundo,
del color de la hierba,
surge el alma del mundo.

Acto seguido, con un ligero balanceo, la cabeza inició un suave descenso, desapareciendo en el interior de la tierra.