miércoles, 18 de febrero de 2009

UNA CONSULTA AL ORÁCULO X (Relato por entregas de Antonio Pavón)

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Antes de decidirme a entrar, estuve paseando por la casa. Yendo y viniendo, como si tuviera dolor de muelas. Escuchando los ruidos más nimios. Pero yo no había venido para llevarme dando zancadas toda la noche.

Apagué la bombilla de la habitación de en medio y dejé encendida la primera, que también debía haber apagado.

Esta lejana luminosidad, que se derramaba mortecina por la tercera estancia, me indicaba el camino de salida.

No tenía sentido que siguiese demorando mi instalación en la celda oracular.

No tuve que esperar mucho tiempo. El suelo de la habitación retembló y se escuchó un retumbo, como un trueno lejano.

La tierra empezó a convulsionar, no como si se tratara de un seísmo sino de un parto.

En el centro de la celda se abrió una grieta de la que salía una luz blanca. Este resplandor se fue intensificando a medida que la abertura se hacía más grande.
Me puse de pie no con la intención de huir, sino de conjurar mi espanto. Y, a pesar del tembleque, me santigüé.

Fue un gesto atropellado que, por tener la lengua trabada, no pude acompañar de la correspondiente invocación.

Luego me puse a lanzar bendiciones en dirección al cráter que seguía creciendo.

Aunque apenas podía sostener la mano en alto, hice la señal de la cruz repetidas veces.

El boquete detuvo su expansión cuando alcanzó un metro de diámetro más o menos. Para entonces, yo había interrumpido mi inútil manoteo y me había dejado caer en mi asiento.

(Continuará)