sábado, 27 de septiembre de 2008

UNA CONSULTA AL ORÁCULO (relato por entregas de Antonio Pavón)


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Siempre tengo que esperar a Aurelio. A estas alturas se ha convertido en una rutina. Mientras llega con sus andares de cansado (no porque lo esté sino porque ése es su estilo), me paseo tranquilamente y contemplo el descuidado jardín a través de los ventanales.

El vasto vestíbulo, con su solería y zócalo de grandes losas de mármol del que llaman sangre y leche, tiene un toque de afectación, como de iglesia frustrada.

Por las amplias cristaleras entra el sol a raudales, convirtiendo este recinto a partir de abril, o incluso antes, en un espacio cegador.

Es digna de estudio esta manía por la luminosidad en una región como la andaluza, donde lo que se impone es protegerse de ella.

Le puedo plantear esta cuestión a Aurelio que, de seguro, ya ha dado con el quid.

Hoy está tardando más de la cuenta. A veces algún jefecillo, de los muchos que pululan por aquí, lo retiene para escuchar sus ingeniosidades. Basta con una leve insinuación para que Aurelio haga un chiste. Tiene, además, la habilidad de enlazarlos indefinidamente.

No todo el mundo aprecia este don. Y no me refiero a quienes utiliza como blanco de sus dardos verbales, sino a la gente normal que se siente incómoda ante ese despliegue de agudezas.

Nos conocemos desde la carrera, aprobamos las oposiciones el mismo año y luego coincidimos en la Consejería de Obras Públicas y Transportes.

Por fin lo veo llegar. Se acerca por el corredor central con cara de pocos amigos. En esta ocasión no se ha quedado diciendo cuchufletas.

(continuará)