sábado, 25 de octubre de 2008

UNA CONSULTA AL ORÁCULO IV (Relato por entregas de Antonio Pavón)

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La vi por primera vez en la cafetería situada al final del suntuoso pasillo de la Consejería.

Estaba tomando un vaso de leche con magdalenas. Era esbelta, de tez clara y facciones aniñadas, con una hermosa melena trigueña que llamaba la atención.

Al contrario que Aurelio, yo no entablo conversación fácilmente. Durante un tiempo me limité a observarla. Laura me revelaría más tarde que se había percatado de mis miradas.

Era operadora de planos y estaba haciendo una sustitución.

Advertí que al personal femenino no le caía simpática, aunque pareció congeniar con una gordita que era secretaria de uno de los gerifaltes.

No estoy seguro de haber sido el que diera el primer paso. Aurelio lo afirma e incluso añade que yo estaba lanzado, pero a él le resulta chistoso exagerar.

Es probable que este asunto se reduzca a una serie de malentendidos. Reconozco mi habilidad en el arte de crear situaciones equívocas, en las que acabo atrapado como un ratón en una ratonera.

El primer malentendido fue dejar creer, y hasta creer yo mismo, que Laura me gustaba. Que me hacía tilín, como decía Aurelio.

Empezamos a salir juntos. Dábamos largos paseos y charlábamos. A veces, veíamos caer la tarde junto al río, sentados en un banco.

Mientras contemplábamos las luces del sol poniente, guardábamos silencio. Por lo general, era Laura la que lo rompía con voz apagada, que era casi como no romperlo.

Luego nos levantábamos y reemprendíamos nuestro deambular por la calle Torneo, en dirección a la plaza de Armas. Allí entrábamos en algún bar a tomar una cerveza en mi caso y en el suyo un zumo de naranja natural (si no había, cambiábamos de bar).
Laura tenía siempre mil cosas que contar. Podría hablar mucho de ella, de sus gustos y de sus amistades, pero sobre todo de su infancia. En esta etapa de la vida se realizaban, a su juicio, las tiradas de dados que decidían prácticamente la partida.
(Continuará)